La victoria de Jara no es una anomalía: es el reflejo de una normalidad política profundamente marcada por el reflujo. No es solo el triunfo de un liderazgo en particular, sino la confirmación de una correlación de fuerzas adversa para las organizaciones populares. Que la dirigencia de la FECh sea recuperada por una candidatura sin horizonte transformador revela el vaciamiento político de una franja significativa del movimiento estudiantil: la política como administración, la representación como trámite, y la Universidad como espacio neutral y técnico. No se trata de subestimar a la derecha universitaria, sino de comprender que su fuerza no se debe a su audacia, sino a nuestra dispersión, a la falta de proyecto, de unidad política y de confrontación real con la institucionalidad.
Desde Aurora, insistimos: cuando las ideas revolucionarias no se organizan, la administración del presente se impone sin resistencia. La derrota de una alternativa transformadora no es solo electoral, sino también ética e ideológica, porque se vuelve aceptable ceder ante una política sin horizonte. Pero no es momento de lamentos ni de retraimiento: es momento de balance, de reorganización y de formación. Porque lo que está en juego no es solo la conducción de una federación, sino el sentido mismo de hacer política desde los de abajo.

